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Mangas Verdes

Mangas Verdes

Acerca del diálogo

Acerca del diálogo Dialogar y pleitear han sido desde siempre verbos de conjugación estratégica. Antagónicos y, por ende, inseparables, suponen los ejes básicos de toda relación humana, desde la cercana cotidianidad del entorno familiar a los complejos mecanismos impersonales de la alta diplomacia. Denotan igualmente actitud. Se es dialogante o pleitista, se da oportunidad al debate o se apuesta por la intransigencia, se negocia o se pelea. Mas, lejos de constituir valores absolutos, ambos conceptos se complementan y no sólo es posible pasar del uno al otro según los intereses y las circunstancias, sino que en la mayor parte de las ocasiones se entremezclan en recetas de variable proporción para alcanzar el objetivo predeterminado. De esto se sabe mucho en política, que dicen no es otra cosa que el arte de la guerra más o menos dialogada.
Zapatero ha hecho del diálogo su principal herramienta de trabajo y su mejor cartel publicitario. Quienes lo conocen aseguran que, más allá de la estrategia, dialogar es para él un término que se conjuga en clave de convicción personal. Es decir, que al igual que en el misterio bíblico mariano, el verbo se ha hecho carne en ZP para habitar entre nosotros. El Angelus de la democracia señala el mediodía del consenso, y redoblan las campanas de Barcelona a Rabat, de Bagdad a Guernica, de Berlín a París. En Washington también doblan lo suyo, aunque Bush, tal como Hemingway en su memorable relato, anda aún preguntándose por quién, cómo, cuándo, dónde y, sobre todo, por qué.
Las ventajas del uso de la palabra, en tono amable de forma preferente, son indudables. De entrada, relaja sobremanera. Y eso, en un mundo como en el que vivimos, es ya de por sí argumento suficiente para aceptarlo casi sin más. Segundo, predispone al interlocutor o parte contraria a esforzarse por buscar líneas de entendimiento. Y tercero, cualquier logro en este sentido es siempre más duradero y disfrutable que el obtenido a través de la disputa o la violencia, pues es sabido que ésta se engendra a sí misma en un espiral cuyo fin es imposible de determinar.
Ahora bien, como, tanto para dialogar como para pleitear, hace falta más de un individuo (ya se sabe que dos no conversan si uno no quiere, salvo casos de iluminación o esquizofrenia avanzada), el reto que tiene ante sí el nuevo presidente de todas las Españas es el de lograr transmitir a sus interlocutores la idoneidad de un talante negociador compartido para resolver los principales problemas que arrastra el país dentro y fuera de sus fronteras. Por ahora, la apuesta de ZP ha dado algunos frutos estimables, si bien todos ellos dentro del plano primigenio de la relajación y la declaración de intenciones. El apoyo preventivo, si se me permite la expresión, de los partidos de izquierda y nacionalistas, así como el acercamiento a Marruecos no son más que un esbozo del trayecto que el Gobierno debe recorrer en los próximos cuatro años. Para ello deberá echar mano de toda la ingeniería política que el entorno socialista sea capaz de generar. Asuntos como el terrorismo, en cualquiera de sus variantes, la posición española en Europa, las relaciones con EEUU, la inmigración, y la retahíla de problemas domésticos (paro, vivienda, educación...) no son en absoluto baladíes.
Dialogadores, conversadores, tertulianos y negociadores han abundado en estas casi tres décadas de democracia. Recordemos sin salir del entorno presidencial a Adolfo Suárez y a los Felipe González y José María Aznar de sus primeros años de gobierno. Todos acabaron sucumbiendo a la tentación del ordeno y mando. Falta ver qué actitud tomará Zapatero cuando llegue el momento, que llegará, de que alguno de sus interlocutores opte más por ser el uno que invite al pleito, antes que el dos que acceda al diálogo.
Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
martes 27 de abril de 2004

Camino Soria

Camino Soria Como el desengañado protagonista de la conocida canción de Gabinete Caligari, la Unión Deportiva Las Palmas ha puesto rumbo a Soria, José Manuel, (“olvidando traiciones y demás, en busca de la gloria que no sentí jamás”). Bien es cierto que no se trata de un despecho estrictamente romántico éste de Manuel García Navarro y compañía, pero sí que lo aparenta, al menos, en su calidad de desesperado. El amor, que viene a ser el club, se le va de las manos sin que hasta ahora haya encontrado calor o consuelo –institucional, se comprende, porque lo que es la afición, tercer vértice de este triángulo del desamor, ha puesto ya demasiado y más por mantener viva la débil llama que alumbra este romance–.
García Navarro lo tiene claro: cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana. Y no está él para ejercer de Tinguaro o Guajara que se arroje al vacío en estos tiempos que corren, tan fértiles y llenos de oportunidades, tan neocapitalistas y neoliberales, tan Neos, en definitiva, que eso igual le gusta más. Si ha de seguir la estela de algún héroe de leyenda, que sea la del mesías de Matrix, cabezota, luchador y llamado a transformar por sí solo en posible lo que a todos resulta surreal.
La UD va camino Soria pero vía Geneto, es decir la vieja historia del pelotazo urbanístico pero en versión cuasi secreta y actualizada. No está mal como huida hacia adelante para una entidad que se difumina como la niebla, progresiva, queda e imperceptiblemente. El presidente del Cabildo, tan reacio siempre a ir más allá de un Pío Pío más o menos apasionado, parece haber encajado la propuesta con cierto interés y se ha mostrado incluso dispuesto a colaborar. Ya es primavera en la corporación insular. Lo cual no es de extrañar si tenemos en cuenta que el invierno popular parece haber comenzado a remitir también en asuntos hasta ahora tan intocables como la policía autonómica. Sea por un repentino ataque de amor a los colores, por una revisión de planteamientos o, simplemente, por no dejarle el campo libre a un Partido Socialista que ha decidido tomar la iniciativa en la salvación del club, lo cierto es que la actitud de Soria, José Manuel, (allá donde se cruzan los caminos) proyecta un tenue haz de luz sobre el destino de un equipo abocado no sólo al descenso, sino a su inminente desaparición. Todo esto, a costa de dejar con los edictos al aire a su alcaldesa consorte, Pepa Luzardo, que en un intento de ser más pepista que el PePe, negó la pasada semana el agua y la sal a los consejeros amarillos, por esas naderías de las empresas privadas, las malas gestiones y los dineros de todos que no se pueden malgastar.
García Navarro une así su destino al de Pérez Ascanio, y el de la UD al del Club Deportivo Tenerife. Porque, si para algo han de servir la región, las uniones y los hermanamientos, que sea cuanto menos para intercambiar fórmulas que ayuden a ese gran proyecto común que es el de ir tirando. Pero el presidente de la UD se enfrenta, además de a una crítica situación deportiva, la quiebra empresarial y la indiferencia institucional, a una grave fisura accionarial que quedó reflejada en el fracaso de la reunión convocada para el pasado lunes. Ninguno de los cuarenta accionistas mayoritarios invitados acudió a la cita, un claro revés para la imagen de cohesión interna de la entidad y, por ende, a su capacidad negociadora con terceros.
La UD va camino Soria al paso acelerado que marca la pervivencia. Es un momento igual de bueno o malo que cualquier otro para la reflexión. Porque cuando la pasión mengua, uno casi nunca está dispuesto a reconocer su cuota de responsabilidad. El futuro, en cualquier caso y si lo hay, deberá regirse por la transparencia y el rigor. Y por el examen de conciencia. Ya lo cantaba Jaime Urrutia, citando a Bécquer y a Machado: “El olvido del amor se cura en soledad”. Depende.
Artículo publicado en El Mundo/La Gaceta de Canarias
miércoles 28 de abril de 2004